Wednesday, December 23, 2009

Ayer conversaba con un grupo de amigos sobre el escenario para la segunda vuelta presidencial. Estaban los que habían dado su voto a Piñera y los que, como yo, habíamos votado por MEO, Arrate o Frei. Y entre toda la discusión de quién va a ganar, de cuáles son las posibilidades y de los por qué debiera ser elegido uno u otro, surgió un punto inevitable a la hora de hablar de política. El pasado versus el futuro.

Es entendible que una campaña que habla sobre el futuro, el cambio y la necesidad de hacer cosas nuevas tenga arrastre entre la gente. Creo que es un sentimiento transversal el de querer recibir o hacer nuevas propuestas que permítan un mejor porvenir para el país. Pero hay un punto que es necesario (sino clave) de tener en cuenta para poder justamente cumplir de la mejor forma con las promesas de construír una nación mejor. Es imprescindible poder resolver absolutamente todas las trabas del pasado en común que tenemos como pueblo, para poder fijar buenos cimientos con miras a un cambio realmente efectívo.

A quienes critícan a aquellos que se niegan a dejar atrás completamente los hechos que han marcado nuestra historia, les hace falta comprender que mientras lo que haya sucedido no esté del todo resuelto, difícilmente se podrán sentar las bases para un futuro promisorio. Se trate del gobierno de Allende o de la dictadura militar, los hechos ocurridos, las pérdidas de vidas humanas, no se pueden dejar atrás sin más ni más. Hacer algo así sería el equivalente a querer levantar un rascacielo sobre un terreno pantanoso.

El verdadero y sustancial cambio para nosotros y los que vengan después de nosotros, se dará cuando por fin seamos capaces de reconocer lo que corresponda a cada parte y entendamos que la política no es sino buscar lo mejor para el país (esa es la motivación principal) intentando lograr un concenso entre las visiones existentes sobre cómo debe alcanzarse el objetivo máximo.

Es la historia la que sustenta el futuro. Es nuestra memoria la que evitará que cometamos nuevamente los mismos errores, por lo que desestimar la importancia del camino recorrido parece más bien ignorancia que espíritu de renovación.

¿Quién va a ganar? ¿Cuál es el candidato idóneo para administrar Chile en el comienzo de este nuevo centenario de vida? Ciertamente no soy yo el dueño de dicha respuesta, y probablemente nadie la tenga. Sólo es de esperar que aquel que logre la confianza de la mayoría sepa reivindicar la importancia de nuestras huellas, para fijar en favor de todos (incluso más allá de nosotros mismos) las reglas de un verdaderamente promisorio futuro.